3 Nov 2026, Mar

LA PARÁLISIS IMPUESTA
El chantaje del luto y la dignidad del renacer colectivo

Toda tragedia que fractura el suelo de la patria impone una marca honda en la memoria colectiva. La vivencia del dolor, encarnada recientemente en la crudeza de la tragedia del doblete sísmico, pone a prueba los cimientos físicos e institucionales de una nación, pero sobre todo su textura moral. Frente al abismo de las pérdidas humanas y materiales, la respuesta natural de las comunidades oscila entre el silencio del duelo legítimo y la urgencia de la reconstrucción vital.
​Sin embargo, en el curso de estos procesos surge a menudo un fenómeno sutil pero devastador: el intento de instrumentalizar el sufrimiento ajeno para paralizar el alma social. A las puertas de la temporada navideña —período que ancestralmente representa el reencuentro, la fe familiar y la reafirmación del ciclo de la vida—, emergen voces que pretenden dictar un veto moral a la cultura del gozo. Se pretende instalar una narrativa donde la alegría de los vivos constituye una deshonra hacia los ausentes.
​Conviene analizar esta postura desde la ética ciudadana y la resiliencia territorial, pues someter a una comunidad al chantaje de la culpa obligatoria no representa solidaridad; es un acto de parálisis impuesta.


La falacia del dolor como ley colectiva
​El duelo es un territorio sagrado e individual. Nadie posee la potestad institucional ni moral de acelerar la cicatrización del dolor ajeno, pero tampoco de legislar la prohibición del bienestar colectivo.
​Pretender que la sociedad en su conjunto suspenda sus costumbres, su dinamismo económico y sus espacios de espiritualidad bajo el argumento del duelo perpetuo incurre en una distorsión profunda del sentido de solidaridad. La verdadera empatía acompaña al que sufre mediante el trabajo constructivo, el abrigo institucional y la asistencia directa; la falsa empatía exige que todos se hundan en el mismo pozo de inmovilismo para validar su amargura.
​Utilizar la memoria de una tragedia para coartar la ilusión de los niños, paralizar el tejido cultural de los barrios o condenar el derecho al abrazo familiar en Navidad transforma el luto en un mecanismo de control psicosocial. El sufrimiento deja de ser una herida que sanar y se convierte en una herramienta para desarmar el ánimo de un pueblo.


Honrar la ausencia desde la luz de los presentes
​La historia de la humanidad confirma que las sociedades verdaderamente resilientes no son aquellas que se sepultan junto a sus ruinas, sino las que levantan los muros caídos sin renunciar a la esperanza.
​A las pérdidas de la vida no se les rinde tributo apagando el futuro, sino dotándolo de un significado más denso y solidario. La Navidad en nuestra cultura popular no es un acto de frivolidad ni de evasión; es una trinchera espiritual y comunitaria. Es el espacio donde el trabajador se reencuentra con la mesa, donde el anciano renueva su fe y donde la infancia conserva la inocencia que las tragedias intentan arrebatar.
​Reivindicar el derecho al gozo decembrino no equivale a olvidar a quienes perecieron o a quienes aún enfrentan las secuelas del desastre. Al contrario: la capacidad de encender una luz en medio de la penumbra es la manifestación más radical de resistencia y continuidad. Los que partieron no piden que su legado sea la desolación de los suyos, sino la preservación de la vida digna que ellos también ayudaron a edificar.


​El imperativo de seguir adelante
​Someter a una comunidad entera a la penitencia indefinida obedece, en última instancia, al egoísmo de quienes confunden su incapacidad de sanar con una norma de convivencia general. La biología, la economía local, el equilibrio psicológico de la infancia y la dinámica de las instituciones exigen que la marcha cotidiana no se detenga.
​El verdadero respeto a la tragedia consiste en reconstruir las infraestructuras, optimizar los sistemas de protección, atender con dignidad a las familias afectadas y, simultáneamente, permitir que la cultura y la alegría popular sigan siendo el combustible que mantiene viva la cohesión social.
​Frente al discurso que pretende empañar el espíritu festivo mediante el reproche y la manipulación del dolor, la respuesta de la comunidad debe ser firme: la vida no pide permiso para continuar. La alegría compartida no deshonra a los caídos; los recuerda vivos en cada gesto de esperanza, en cada mesa servida y en la determinación inquebrantable de seguir de pie.

MSc Gilberto Hidalgo

gilbertohidalgo2@hotmail.com

gilbertohidalgo2@gmail.com

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