30 Jul 2026, Jue

Cada noche, Daniela Villarroel repetía el mismo ritual antes de entrar a su casa. Se quitaba las botas y el uniforme en el jardín, se sacudía la tierra del cabello y limpiaba su rostro antes de acercarse a sus tres perros. No era una costumbre cualquiera: intentaba impedir que el olor de los cuerpos bajo los escombros invadiera el único lugar donde todavía podía sentirse segura.

A poco más de un mes del doble terremoto que devastó el norte de Venezuela, el trabajo de los rescatistas no solo dejó imágenes imborrables de destrucción. También abrió heridas emocionales que muchos todavía intentan procesar. Entre ellos está Daniela, voluntaria del Cuerpo de Bomberos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), quien relató a la BBC cómo vivió las casi tres semanas que dedicó por completo a buscar sobrevivientes y recuperar víctimas en La Guaira, la zona más golpeada por los sismos.

La joven, de 28 años, suspendió temporalmente su trabajo como nutricionista para sumarse a las labores de emergencia. Aunque durante siete años había participado en incendios, accidentes y rescates urbanos, jamás había enfrentado el desafío de ingresar a edificios colapsados donde aún había personas atrapadas.

“Apenas te veían, los sobrevivientes te tomaban de la mano para llevarte hasta el sitio donde habían quedado sus familiares”, recordó Daniela. Sin embargo, al internarse entre las estructuras destruidas, la realidad resultó aún más dura. “Cuando te asomabas a las estructuras, veías cráneos aplastados por columnas, pies aprisionados, personas aplastadas por la mitad y sangre reciente sin ver a la persona que había quedado aplastada”, contó.

Las jornadas comenzaban a las ocho de la mañana en Caracas y terminaban pasada la medianoche. Luego de limpiar herramientas y equipos, Daniela regresaba a su hogar cerca de las dos de la madrugada. Como bombera voluntaria, además, no recibía remuneración y utilizaba gran parte del equipamiento que había comprado con sus propios recursos.

Su contextura física terminó convirtiéndose en una ventaja. Con 1,60 metros de estatura y 58 kilos, podía ingresar a estrechos espacios donde otros rescatistas no cabían. En uno de esos túneles encontró a Gabriel, un joven de 22 años que permanecía con vida gracias al espacio de aire que habían dejado los cuerpos de sus padres y de su esposa embarazada.

Antes de ser rescatado, Gabriel le hizo una petición que Daniela todavía recuerda. “Por favor, no me los botes, cuídalo mucho, porque eso es lo único que me voy a llevar de ellos”, le dijo al entregarle el reloj de su padre, el collar de su madre y el anillo de matrimonio de su esposa.

Otro de los operativos más complejos se extendió durante ocho horas para rescatar a una mujer atrapada bajo un edificio colapsado. Cuando finalmente logró tocarla, Daniela intentó transmitirle tranquilidad. “Ya te vamos a sacar”, le repetía mientras el equipo retiraba cuidadosamente los obstáculos que impedían liberarla.

Revivir el dolor

Pero el verdadero peso del desastre apareció cuando las sirenas dejaban de sonar. Daniela comenzó a escuchar nuevamente, durante las noches, las voces de quienes pedían ayuda bajo los escombros. También revivía el ruido de las herramientas y el olor de los cuerpos.

“No podía dormir, no tenía apetito, oía voces. Lo más fuerte para mí fue el olor… Era un olor tan fuerte que no tenía punto de comparación. Siento que jamás voy a poder arrancarme ese olor a muerte”, confesó.

Recién tres semanas después logró llorar, durante una sesión con su terapeuta. Aun así, admite que hay una idea que sigue acompañándola: “El sentimiento que me persigue es que pude haber hecho más”.

Mesa de Redacción / BBC

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