25 Sep 2026, Vie

MAURICIO ACEVES VS. AMANCIO CASTRO

La noche en que Montería se vistió de campeonato mundial

Hay historias que regresan solas.

Uno escribe una crónica, recuerda un personaje, rescata una anécdota que parecía condenada al olvido, y de pronto aparecen los lectores con nuevas historias bajo el brazo. Así ha sucedido con crónicas como Siguiendo al campeón y con otras en las que he intentado recuperar episodios de la memoria deportiva y de la vida de nuestra tierra.

—¿Y por qué no escribe sobre la “Bomba Thomas”, aquel boxeador panameño que estuvo por estos lados? —¿Y la pelea por el campeonato mundial de la OMB entre Mauricio Aceves y Amancio Castro?

Bueno… los voy a complacer. Porque aquella pelea no fue solamente un combate de boxeo. Fue una aventura colectiva, una mezcla de entusiasmo, improvisación, amistad, humor, incertidumbre y, sobre todo, una muestra de lo que podía hacer Montería cuando el boxeo lograba apoderarse de la ciudad.

Esta es la historia. Una ciudad enamorada del boxeo. Eran los últimos años de la década de los ochenta y los primeros de los noventa. Montería vivía uno de esos momentos en que el boxeo parecía formar parte del paisaje cotidiano.

La ciudad se había convertido en una gran plaza boxística de Colombia y contaba con una verdadera constelación de figuras para mostrar al país y al mundo: Amancio Castro, Happy Lora, Felipe Julio y otros nombres que alimentaban la ilusión de una afición que encontraba en el cuadrilátero una de sus grandes pasiones.

En ese ambiente apareció Hernán Gómez Hernández, Hernancito, como le decía desde pequeño doña Lina, su señora madre (q. e. p. d.). Hernancito era hijo del doctor Hernán Gómez Pineda y un personaje entrañable para quienes tuvimos la fortuna de compartir con él. El Conejo Berrocal, Raymundo Berrocal y todos los que alguna vez nos sentamos a escuchar sus tertulias conocemos de sobra su capacidad para conversar.

Tenía una manera particular de contar las cosas. Mezclaba la semántica, el buen léxico y el humor con una naturalidad que hacía que cualquier conversación terminara convertida en una pequeña función de teatro. Pero había algo que Hernán llevaba todavía más adentro: el boxeo.

Su padre había sido un prestante dirigente de este deporte durante muchos años, y Hernancito parecía haber heredado no solamente su pasión, sino también su capacidad para moverse en ese mundo.

Fue él quien terminó convirtiéndose en el gestor de un acontecimiento que hasta hoy permanece como una página singular de la historia deportiva de Montería: la primera —y hasta el presente única— pelea por un título mundial realizada en la ciudad.

“Hugo, prepara a Amancio”. Todo comenzó con una llamada. Hernancito se comunicó con el doctor Hugo Iguarán Cotes (q. e. p. d.) y le soltó la noticia como si estuviera anunciando cualquier asunto cotidiano: —Hugo, prepara a Amancio, que conseguí la pelea con Mauricio Aceves por el título. Va el 20 de enero en el coliseo Happy Lora.

Al principio no creímos demasiado. Una pelea por un título mundial en Montería parecía una de esas noticias que uno escucha con entusiasmo, pero también con cierta dosis de incredulidad. Hasta que Gómez Hernández confirmó que era verdad. Entonces comenzó la carrera.

El doctor Iguarán se reunió con Álvaro Berrocal, el doctor Hernán Gómez —padre— y quien esto escribe, y nos sentamos a organizar aquel sueño. Pero había una pregunta inevitable, de esas que siempre aparecen cuando los sueños necesitan dinero para convertirse en realidad: —Ajá, Hernancito… ¿y la plata para hacer esto tan grande? La respuesta llegó con la serenidad que lo caracterizaba:

—En el camino se consigue. Y así comenzó todo. Trabajar al fiado. Empezamos a promocionar la pelea por los medios de comunicación y, como suele ocurrir cuando la pasión se adelanta al presupuesto, comenzamos a trabajar al fiado.

Conseguimos una oficina que nos prestó Jimmy Pineda Cabrales, donde había funcionado el periódico de circulación Agenda Noticiosa, en la esquina de la calle 26 con carrera 6. Contratamos una vistosa secretaria a quien cariñosamente llamábamos “La Pity”. Al grupo se unieron Alvarito Díaz Espinosa (Jr.), como mensajero y mamador de gallo, y Jorge Esquiva Luján (q. e. p. d.). El fotógrafo era Carciofi.

Ese era nuestro pequeño ejército. No teníamos grandes recursos, pero sí algo que en aquellos tiempos parecía suficiente para mover montañas: entusiasmo. El hombre que ponía la plata. Un día recibimos una llamada de Hernancito desde Bogotá.

Estaba reunido con algunos personajes conocidos del mundillo boxístico. Entre ellos estaban Nelson Aquiles Arrieta, “Nelaqui”, y Pedro Leal, “el Chiqui Leal”.

El Chiqui era un personaje de esos que parecen salidos de una novela. Manejaba una curiosa simbiosis dialéctica entre el venezolano Rafito Cedeño, promotor de boxeo, y Nelaqui. Su manera de hablar era un extraño “vene-mexi-colombiano” con el que metía mono, como decíamos entonces.

Podía soltar frases como: —Coño, chico, apúrale a la cosa, porque se puede formar un verguero, vale. “Chicharrón”, como también le decían, era imposible de ignorar. Durante aquella conversación, Hernán nos habló de un “misterponga”, término utilizado para referirse a las personas que ponían dinero en el negocio del boxeo. El misterponga en cuestión era Vladimiro Bula, abogado, quien, según Gómez Hernández, había cancelado cinco mil dólares por los derechos internacionales de la pelea.

El problema era que los días pasaban y el dinero no aparecía. Y mientras tanto, las cuentas crecían.

Había que pagar gastos de organización, anticipos a los boxeadores de la cartelera y hasta el respectivo toque económico para periodistas y locutores de farándula, entre ellos El Gaba, Gustavo Negrete, Carlos Becerra y otros cuyos nombres se me escapan con el paso del tiempo.

Las culebras empezaban a acercarse. Y nosotros comenzábamos a torearlas. Trescientos mil pesos para un campeonato mundial Una tarde apareció Hernancito desde Bogotá. Entró a la oficina y, con su habitual tranquilidad, preguntó: —Ajá, ¿y cómo va la vaina? El doctor Hernán Gómez, su padre, lo miró y respondió: —Bien, mijo, pero sin plata. Yo creo que es mejor parar esto hasta que haya un misterponga.

Hernancito ni se inmutó. —No te preocupes. De pronto aparece alguien que nos preste plata. Y apareció. Esa misma tarde, parado en la puerta de Agenda Noticiosa, pasó su gran amigo, el ingeniero Santander Mafioli. —Oye, Hernán, ¿tú tienes un boxeo? —Sí, pero necesito una plata mientras me giran de Bogotá. Préstamela tú. Mafioli le prestó 300.000 pesos. Tres cientos mil pesos. Con eso organizamos una pelea de campeonato mundial.

Aquella suma, que hoy parece pequeña para semejante empresa, fue suficiente para poner a rodar una de las veladas más particulares que recuerde el boxeo colombiano y, según nuestra memoria, una de las más económicas y productivas en taquilla de aquellas realizadas en Colombia.

El milagro estaba en marcha. El banquete de los Gómez Hernández Después del préstamo, todos respiramos. Hernancito, entonces, nos invitó a almorzar a su casa. Nos miramos con emoción. Comer en la mesa de los Gómez Hernández era, en aquellos tiempos, una auténtica ilusión gastronómica.

La fama de aquella mesa había sido alimentada por quienes habían pasado por ella, entre ellos el doctor Raymundo Berrocal Escobar y Rodríguez Facety, eminente jurisconsulto civil y laboralista de la ciudad. La mesa tenía dieciséis sillas y una especialmente grande, abullonada y reclinomática. Esa era la del doctor Hernán, “el padrote de la familia”. ¿Y por qué dieciséis sillas? La explicación estaba en una vieja costumbre de doña Lina.

Además de alimentar a los Gómez Hernández, ella mantenía siempre abierta la posibilidad de que apareciera algún amigo. —Pongan otros platos, que de pronto llega algún amigo o Hernancito trae los suyos. Y ese día Hernancito había llevado los suyos. Cuando llegó el almuerzo comprendimos la dimensión de aquella tradición.

Había carne de res, pavo, carnero, cerdo, pollo y conejo en fricassé. Además, una vasija con gallina guisada con coco, al estilo monteriano. Había sopa de carne salada. Había arroz con coco. Aquello no era un almuerzo. Parecía un banquete romano. No pude contener la curiosidad y le pregunté al doctor Hernán: —Doctor, ¿por qué tanta comida?

Me respondió: —Hombre, es que hoy tengo como invitados al Cabo y a Enrique, mis hermanos, y tú conoces la corpulencia de ellos. Además, mi yerno, Guerra Chadid, come mucho. Mejor lo visto y no lo alimento.

La carcajada fue general. El campeón mexicano que nadie había visto Mientras nosotros disfrutábamos aquella memorable mesa, la organización continuaba. La ciudad ya estaba metida de lleno en el boxeo.

Las emisoras hablaban durante todo el día de la pelea. El doctor Iguarán hacía de tripas corazón con los trescientos mil pesos prestados por Mafioli. Pero faltaba algo elemental. No conocíamos a Mauricio Aceves. Peor todavía no teníamos una fotografía de él. Faltaban quince días para la pelea. La prensa escrita pedía información.

Nosotros preguntábamos: —Hernancito, ¿cómo es el mexicano? La respuesta era desconcertante: —Como todos los mexicanos: chaparrito y de cabello indio. Pero una descripción así no servía para un periódico. El gran misterio era la fisonomía de Aceves. A cinco días de la pelea seguíamos sin una fotografía.

Solo sabíamos que su apoderado era el conocido concertador Ricardo Maldonado. La preocupación aumentaba. Entonces llegó el doctor Hernán Gómez y le preguntó al fotógrafo Carciofi: —¿Nada que aparece la foto de Aceves? —Nada —respondió. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea.

Al principio era simplemente una mamadera de gallo. —Doctor, yo voy a hacer un dibujo a ver si se parece a Aceves, de acuerdo con lo que usted me diga. —Listo —respondió. —¿Cómo le han dicho que es? —Bueno, como todos los mexicanos: bajito, cabezoncito, pelito indio. Comencé a dibujar. —Nariz chata, como de patacón —me decía el doctor Hernán. Yo seguía con el lápiz. La pintura ha sido uno de nuestros hobbies, una afición heredada de mi padre, don Pedro Díaz Castilla.

Cuando terminé aquel “monicongo”, se lo mostré al doctor Gómez. Lo miró. Y soltó: —¡Erda! Ese es el tipo. Nos miramos y estallamos en risas. El doctor Iguarán intervino:

—Verdad que se parece a un mexicano. Píntale un poquito el pelo de negro y publícala en El Universal, Carciofi. Con esto resolvemos el problema de la foto.

Y así fue como, ante la ausencia de una fotografía, una caricatura terminó cumpliendo la función de retrato oficial del retador mexicano. Amancio, lejos del mundo La cartelera se fue armando poco a poco.

Tratábamos de completar una programación con boxeadores jóvenes, porque sabíamos que toda la responsabilidad de la noche recaía sobre el combate por el campeonato mundial.

Amancio tenía su cuartel de entrenamiento en el apartahotel La Floresta, cerca del sitio que sus propietarios llamaban “Pim Pom Papas”. Era uno de aquellos primeros lugares alucinantes de la Montería de entonces, donde los herbívoros de la época disfrutaban el éxtasis de la marimba y el danzón.

El encargado de mantener al campeón alejado de aquellas tentaciones era el entrenador Pedro Vanegas, el mariabajero. Por orden de Hernancito Gómez, manejador de Amancio, Pedro mantenía al boxeador lejos del mundanal ruido.

Había que evitar cualquier tentación de “hojarasquín” del monte. El campeonato estaba demasiado cerca para correr riesgos. Una llamada a Los Ángeles Pero seguíamos sin saber demasiado del mexicano.

Entonces le dije a Hernancito: —Hey, Hernancito, consigue el teléfono de Maldonado para llamarlo. Me dio el número de su residencia en Los Ángeles. Solicité la llamada. Eran otros tiempos. No existían celulares.

El teléfono timbró y contestó la señora de Maldonado. Y aquí se me ocurrió otra travesura. Decidí hacerme pasar por el gobernador de entonces, Camilo Jiménez Villalba. —¿Quién habla? —Habla la señora de Maldonado. —Mire, le habla desde Montería, Colombia, el gobernador del departamento, Camilo Jiménez Villalba. Estamos preocupados por la no llegada de Aceves. ¿Qué pasa? La señora, naturalmente, tomó en serio al supuesto gobernador.

—Señor gobernador, no se preocupe, que Maldonado le cumple. Él está en México con Aceves, ya que la señora de Aceves dio a luz. Pero ellos le cumplen, señor gobernador. Aquellas palabras fueron suficientes para devolvernos la tranquilidad. Finalmente, Aceves llegó. Faltaban apenas dos días para la pelea. Por fin pudimos conocerlo.

Lo montamos en un carro de bomberos y lo paseamos por Montería para que la gente pudiera verlo de carne y hueso y se acabara cualquier duda sobre su existencia. La ciudad era un hervidero. Solo se respiraba boxeo.

Cuando el mexicano realizó su práctica en el coliseo Happy Lora, no cabía un alma en el gimnasio. Todos querían mirar al azteca. Todos querían saber quién era aquel hombre que venía a disputar en Montería un título mundial.

La llamada que volvió a inquietarnos Parecía que todo marchaba bien. Demasiado bien. Y entonces, cuando faltaban apenas 48 horas para la pelea, llegó otra llamada desde Bogotá. Era el “Chiqui” Leal. Su voz llegó cargada de aquella particular mezcla lingüística que lo caracterizaba:

—Hugo, ¿cómo estás, chico? Coño, te llamo para informarte que viajo mañana con mi escuadra de maromeros. Los “maromeros” eran unos luchadores corpulentos. El Chiqui continuó: —Por orden del misterponga. Quita a todos los fantasmas que estén por allí, que yo me voy a encargar de controlar todo lo de la entrada al coliseo. Estos tipos que llevo son más peligrosos que Tim McCoy.

Se refería a aquel actor de vieja data que hacía las veces de pistolero del Oeste en las películas estadounidenses.

El doctor Iguarán nos contó la conversación. Y yo, que ya empezaba a sospechar que aquella pelea podía tener más capítulos fuera del cuadrilátero que dentro de él, advertí: —Ojo, que algo se trae el Chiqui entre manos. Debemos estar atentos a una “filimónica” por parte de este. “Filimónica” era una palabra del argot boxístico utilizada para referirse a las artimañas del viejo promotor de boxeo Filemón Cañate Bernet.

A esas alturas, la pelea ya no era simplemente una pelea. Era una historia. Una de esas historias que se construyen con personajes singulares, llamadas inesperadas, dinero prestado, deudas, improvisaciones, amistades, carcajadas, sospechas y una ciudad entera pendiente de un cuadrilátero.

Faltaban apenas horas. Montería estaba preparada. Mauricio Aceves ya estaba en la ciudad. Amancio Castro esperaba su oportunidad. El Happy Lora se aprestaba para recibir una noche histórica.

Y nosotros, los que habíamos vivido desde adentro aquella aventura, todavía no sabíamos que lo más interesante estaba por suceder.

Hasta la próxima.

Don Álvaro Díaz Arrieta / Narrador del Caribe

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