17 Oct 2026, Sáb

Rumbo a Miami: la aventura de Happy Lora y el sueño de Montería

Un campeón sin rivales en Colombia

Antes de viajar a Miami en busca del título mundial de la categoría gallo, Happy Lora había agotado prácticamente la lista de rivales nacionales que podían representar un verdadero desafío para él. El diminuto y carismático boxeador cordobés había derrotado al dominicano Julio Soto Solano y a Huracán Palacio, dos nombres que figuraban en su recorrido boxístico.

La carpeta de rivales colombianos parecía agotada. Happy necesitaba salir del país, medirse con figuras internacionales y perseguir aquel título que Montería anhelaba como propio.

Fue entonces cuando apareció el Cherry Gómez, al frente de la empresa cartagenera Galaxia Promoción. Cherry negoció con el doctor Hugo Iguarán el paso de Miguel Lora a aquella cuerda y organizó la despedida de Happy del territorio colombiano: un combate frente al panameño Martillo Roldán, en Cartagena.

Una vez en Estados Unidos, Cherry negoció con el cubano Tuto Zabala los derechos de Happy Lora. Zabala, un reconocido personaje del ambiente boxístico, comenzó a programarlo en algunos combates de preparación antes de la gran cita mundialista frente al mexicano Daniel Zaragoza. La oportunidad que tanto se había buscado empezaba a tomar forma.

Montería se alista para conquistar el mundo

Por fin llegó la noticia a Colombia y, muy especialmente, a Montería: el 9 de agosto de 1985, Happy Lora se enfrentaría a Daniel Zaragoza, de México, por el título mundial.

La noticia produjo un revuelo extraordinario. En Colombia se extendía la convicción de que aquel pequeño gigante del boxeo cordobés tenía posibilidades reales de alcanzar la victoria. Desde los tiempos de Antonio Cervantes, Kid Pambelé, ningún boxeador colombiano parecía haber despertado tanta atención de la prensa en el exterior como Happy Lora. Y Montería, por supuesto, vivía aquella expectativa con un orgullo difícil de disimular.

Había, además, un ingrediente regional. Durante muchos años, la primacía del boxeo colombiano había estado asociada a Cartagena, el célebre Corralito de Piedra. Por eso, ver a un monteriano convertido en protagonista de una pelea por un título mundial significaba mucho más que una simple competencia deportiva: era también una oportunidad para demostrar que Córdoba tenía figuras capaces de ocupar los grandes escenarios del pugilismo internacional.

Y ya que hablamos de la primacía cartagenera, no era solamente en el béisbol y el boxeo donde nuestros vecinos reclamaban protagonismo. También sucedía con la salsa. Todo cartagenero que pisara Montería con los zapatos blancos, relucientes gracias al Griffin Always, parecía creerse Richie Ray o Joseíto Mateo, aquel del célebre «Pa’ lante y pa’ tras». Pero bueno, esa es materia para otras crónicas.

La hazaña de transmitir desde Miami

Para los periodistas y narradores deportivos de Montería, viajar a Miami para cubrir el combate entre Happy Lora y Daniel Zaragoza fue una verdadera hazaña. No se trataba simplemente de comprar un pasaje y preparar una maleta. Había que conseguir los recursos para el viaje, los viáticos en dólares y el dinero necesario para pagar los espacios en las emisoras.

En aquella ocasión, las únicas emisoras que transmitieron directamente el acontecimiento para Córdoba y Colombia fueron Ondas de Urra y La Voz del Sinú, de Todelar.

El periodista cartagenero Robinson Suárez se le midió al reto de transmitir por Ondas de Urra. Para financiar aquella aventura, salió a buscar patrocinadores en el comercio monteriano de entonces, donde abundaban los graneros, los negocios de víveres y los establecimientos de aguardiente.

Cuando digo que el comercio era de cebolla y aguardiente, me refiero a los graneros de los Salcedo Peralta, cuyos productos y establecimientos también se hicieron presentes en aquellas transmisiones.

Una de las cuñas anunciaba, con toda la solemnidad que exigía una transmisión internacional: «Estamos desde el Tamiami Park de Miami, a nombre de Arcelio Salcedo Peralta, el Tigre de la 36, víveres, abarrotes y salsamentaría». ¡Caballero, el cliente que no vendía con semejante publicidad no vendía!

Pero había otras cuñas que también merecen quedar registradas. Una de ellas promocionaba el Almacén Continental: «El de la pinta legal, el que pinta la pinta, de Miguelón Lora, el dueño del vacilón». Y otra, con un mensaje que hoy provoca una sonrisa: «¿De qué te quejas si tú no pagas? Paga a las Empresas Públicas de Montería el servicio de agua. Evítate cortes».

Lo paradójico era que, por aquellos tiempos, la cultura de pago no parecía estar muy arraigada. Tanto así que muchos locutores y periodistas teníamos el agua cortada. Entre ellos estaba Campo Elías Terán, quien se desempeñaba como síndico del Hospital San Jerónimo. Así era la Montería de entonces: una ciudad de contrastes, de ingenio comercial y de personajes capaces de convertir una transmisión deportiva en un desfile de historias.

Trescientos dólares para los imprevistos

En mi caso, no tenía problemas con la financiación de la transmisión, pues la cadena Todelar había asumido todos los gastos, incluidos los viáticos. Sin embargo, todavía necesitábamos resolver un asunto muy personal: conseguir algo de dinero para los gastos de bolsillo, movilizarnos en Miami y traerles algunos recuerdos a los pelaos. Calculábamos que unos trescientos dólares nos habrían venido de maravilla.

En medio de esas diligencias recuerdo especialmente al periodista Roberto Castilla Arroyo, quien me regaló cincuenta mil pesos, una suma considerable para aquellos tiempos. Roberto me entregó un cheque que fui a cambiar en la caja de cambios de don Clovis Puche. Creo que la operación salió bien, porque Clovis nunca me llamó ni me puso la perseguidora, como sí le ocurrió al Pluti Villadiego. Hay favores que uno recuerda por el dinero recibido, y otros porque, con el paso del tiempo, terminan convertidos en anécdotas.

De Montería a Barranquilla: comienza la aventura

Con la plata conseguida y las cuñas listas, llegó el momento de partir. El 6 de agosto, a las once de la noche, abordamos un bus de Unitransco con destino a Barranquilla. Viajábamos Eugenio Pineda, Robinson Suárez y quien esto escribe, Álvaro Díaz.

Nuestro objetivo era llegar a tiempo para tomar el vuelo de Avianca que saldría del aeropuerto Ernesto Cortissoz a las ocho y treinta de la mañana, rumbo a Miami. Llegamos a Barranquilla a las cinco de la madrugada. Eugenio Pineda nos invitó a un hotel para que pudiéramos asearnos, descansar un poco y ponernos la pinta internacional con la que nos presentaríamos en aquella expedición deportiva. Había que estar a la altura.

Una constelación del periodismo deportivo

Al llegar al aeropuerto nos encontramos con varios personajes de Montería que también viajaban para presenciar la pelea. Entre ellos estaban don William Salleg Sofan, Miguelito Garcés, Enrique Vega y el doctor Ramón Jaller. Me sorprendió gratamente la amabilidad de don William Salleg Sofan. En Montería, debido a su posición social, su estrato y su opulencia, no siempre resultaba fácil compartir con él de aquella manera espontánea. Sin embargo, el ambiente del viaje nos permitió encontrarnos en un terreno común, unidos por la expectativa de la pelea.

También viajaban con nosotros varios de los pesos pesados de la narración y el periodismo deportivo de la Costa Caribe y de Colombia: Napoleón Perea Castro, Luis Alberto Pallares Villa, Eugenio Baena Calvo, Edgar Perea Arias, Edgar Perea Agudelo, Melanio Porto Ariza y Fabio Poveda Márquez. Aquel grupo reunía voces, plumas y personalidades que habían contribuido a darle grandeza al periodismo deportivo colombiano.

El promotor Julio Guerrero Caraballo también se unió a la expedición. Para aquel viaje Julio lucía un traje entero a rayas, un poco desteñido, acompañado de un sombrero barbicio que tampoco parecía encontrarse en su mejor estado. Pero la apariencia tenía remedio. Tan pronto pisó Miami, Julio compró un sombrero nuevo con los primeros dólares que recibió de los derechos de transmisión radial que Tuto Zabala le regaló.

Un Boeing 727 y una precaución macabra

Llegó finalmente la hora de abordar el Boeing 727. Robinson y yo conseguimos dos sillas juntas. Nos acomodamos y nos abrochamos los cinturones de seguridad, pero no precisamente porque fuéramos los pasajeros más serenos del avión. Nuestra imaginación había tomado otro rumbo. Queríamos asegurarnos de que, si ocurría un accidente sobre el océano, nuestros cadáveres no se dispersaran y pudieran encontrarnos juntos a los dos monterianos. De esa manera, pensábamos con una lógica bastante macabra, resultaría más fácil identificar nuestros cuerpos. ¡Qué crueldad! Todavía no habíamos despegado y ya estábamos organizando nuestra propia identificación después de una tragedia aérea. Afortunadamente, Dios tenía otros planes.

«Compadre, ¿cuántos dólares trae?»

Ya en pleno vuelo, aproveché para preguntarle a Robinson:

—Compadre, ¿usted cuántos dólares trae?

Su respuesta fue tan sincera como preocupante:

—Compa, solo logré conseguir ciento cincuenta, ya en el filo de la navaja con el doctor Jorge Manzur. Si no, me vengo Pelayo Chacón.

Por mi parte, había tomado algunas precauciones adicionales. Decidí llevar un bolso de mano y mantener conmigo todas mis pertenencias personales. Dentro guardé ropa suficiente para cinco días. Pero aquel bolso contenía algo más que prendas de vestir. Llevaba el sombrero vueltiao que luciría Happy durante su pelea, una pancarta con la figura del campeón en posición de guardia y una carta que me había enviado el periodista Roger Olascuaga.

Un sancocho, un fandango y una promesa cordobesa

La carta de Roger tenía un significado especial. En ella le recomendaba a Happy que se cuidara y le prometía que, cuando regresara a casa con el título mundial, lo recibiría con un sancocho de pescado, buena yuca y suero atollabuey. Pero la bienvenida no terminaría en la mesa. Después vendría un fandango en su casa, con el porro María Varilla, interpretado por la banda de Manguelito, «la que toca bonito».

Aquella promesa encerraba una manera muy nuestra de entender la gloria. Mientras el mundo del boxeo hablaba de cinturones, campeonatos, contratos y reconocimiento internacional, Roger le recordaba a Happy los sabores, la música y las celebraciones de su tierra.

Porque el éxito podía llevarlo hasta Miami, ponerlo frente a un campeón mexicano y abrirle las puertas de la historia deportiva, pero había cosas que ningún viaje podía reemplazar: un buen sancocho, la yuca, el suero, el porro y el fandango entre los suyos.

En aquel bolso viajaba, por tanto, mucho más que ropa y objetos destinados a la pelea. Allí iban el sombrero vueltiao, la imagen del campeón y una carta que le hablaba de su tierra, de su gente y de la celebración que lo esperaba si conseguía la victoria.

Era, en cierto modo, una pequeña representación de Córdoba viajando hacia Miami.

Y nosotros, mientras el avión avanzaba hacia su destino, llevábamos también nuestras propias expectativas, nuestros temores y aquella alegría difícil de explicar que acompaña a quienes tienen el privilegio de vivir una historia antes de convertirla en recuerdo.

Happy Lora iba en busca de la gloria mundial. Nosotros íbamos a contarla.

Hasta la próxima.

Álvaro Díaz Arrieta / Narrador del Caribe

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