7 Oct 2026, Mié

Por Álvaro Díaz Arrieta, Premio Nacional de Periodismo ACORD Colombia

Nació Gato Publicidad y, con ella, la desbordante expectativa por su primera velada boxística. El joven promotor y próspero comerciante Evelio Torres no dudó en arriesgar las utilidades de su célebre «Cacharrería Caldas» en el difícil y azaroso oficio de empresario del cuadrilátero. Por las historias que nos contaba mi padre, sabíamos bien que este negocio era una cuerda floja; recordábamos, por ejemplo, cómo el promotor de grandes espectáculos Filemón Cañate Bernet se lanzó un día al mar en La Boquilla para ahogarse tras perderlo todo en una funesta velada en Cartagena donde combatieron «Kid» Pérez y Elías «Dinamita» Lían. Y es que en el boxeo la supervivencia de un empresario radica en dos pilares fundamentales: confeccionar una cartelera atractiva y contar con un peleador talentoso y carismático.

Mientras Gato Publicidad afinaba los detalles del espectáculo, el doctor Hugo Iguarán convocaba a una rueda de prensa en el recordado restaurante «La Vieja Luz». Allí anunció que costearía de su propio bolsillo la intervención quirúrgica y el tratamiento en los nudillos de «Happy» Lora, encendiendo una luz de esperanza para el futuro de la naciente estrella monteriana.

En los mentideros públicos —especialmente en la chaza de Arturito y en el emblemático Rincón Sinuano no se hablaba de otra cosa: la gran contienda que se avecinaba entre el prometedor peso mosca Luis Tapias y el ídolo de Buenaventura, Ricardo Estupiñán.

Sin embargo, en esa reunión inaugural de Gato Publicidad, pagamos la novatada. Confiamos a ciegas en un personaje llegado de Cartagena: Esteban «Estevita» Barraza Jr., hermano de la gran figura del boxeo de la época, Hugo Barraza. «Estevita» se comprometió a traer a Estupiñán, por lo que se le entregó el anticipo del peleador junto con sus viáticos. Pero, a solo veinticuatro horas de la contienda, se presentó ante la empresa con la amarga noticia de que Estupiñán no viajaría por quebrantos de salud.

¡Allí fue Troya! Al promotor Evelio Torres se le subió la presión a niveles alarmantes y debió ser trasladado de urgencia a la Clínica Central, donde el doctor Bechara logró estabilizarlo. Una vez fuera de peligro, Chaverra, secretario de la empresa, le reveló a Evelio la cruda verdad: «Estevita» Barraza nunca le había entregado el dinero al boxeador. Y es que el mundo de las narices chatas guarda un enorme parecido con el ambiente taurino: un universo donde todo se maneja entre señas, guiños de ojo, picardías y artimañas.

La angustia se apoderó de todos. Sin pelea estelar y con la expectativa al máximo, ¿cómo explicarle lo sucedido al público y a la prensa? Fue en ese punto crítico cuando reapareció «Estevita», quien, imperturbable ante nuestros reproches, nos presentó a un sujeto que pronto se convertiría en el matchmaker de la empresa: Nelson Aquiles Arrieta, el popular «Nelaqui». Con su marcado acento venezolano, se presentó como el protegido e «hijo consentido» del «Gordo» Rafito Cedeño, el legendario promotor del país vecino.

Con pasmosa serenidad, «Nelaqui» le pidió calma a Evelio. Aseguró que en el boxeo esos imprevistos eran pan de cada día y que él tenía la solución perfecta para reemplazar a Estupiñán: traía consigo a un peleador «de guerra» llamado José Alfredo Jiménez —nada que ver con el célebre compositor mexicano—. Había, sin embargo, un gran inconveniente: José Alfredo era peso pluma y Tapias era peso mosca; una diferencia abismal en la báscula.

Pero «Nelaqui» y «Estevita» lo tenían todo fríamente calculado. «A este lo ponemos a rebajar ya mismo», sentenció Nelson. Y así comenzó la odisea: forraron a José Alfredo en papel periódico, conseguido en las oficinas del semanario Poder Costeño y de los ejemplares de El Espectador que nos regaló William Velásquez Villalba, su distribuidor local. Sobre los periódicos le acomodaron dos viejas esteras que doña Aminta había dejado en la puerta de Residencias Better para que se las llevara el volquete de la basura —en aquellos tiempos en que aún no existían los camiones compactadores—.

Pese al sofocante calor de la habitación del Hotel Mónaco —propiedad de don Gregorio Díaz, padre del comisionado Aníbal Díaz— y a que el boxeador sudaba a mares, la aguja de la báscula apenas cedía. La salvación llegó por cuenta de una ingeniosa idea del recordado don Yesid Torres Pérez, primer director de Coldeportes Córdoba: sugirió meter al peleador a sudar dentro del viejo Land Rover de don Gregorio. Solo así, prácticamente horneado dentro del campero, José Alfredo logró aproximarse al peso reglamentario para salvar el espectáculo y el honor de Gato Publicidad.

Con el paso de los años comprendimos la verdad: la inasistencia de Estupiñán no fue más que una hábil maniobra ideada por «Estevita» y «Nelaqui» para irrumpir como salvadores y tomar el control de la empresa. Una más de las tantas artimañas que pululan en el apasionado y laberíntico mundo del boxeo.

Hasta la próxima

Narrador del Caribe

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