EL ESPEJO RETROVISOR DE LA VIDA
En estos tiempos otoñales, cuando el espejo retrovisor de la vida comienza a empañarse, es bueno no perder el hilo y aprovechar la memoria para seguir describiendo el paisaje y los pasajes de nuestra vida en esta bella tierra que nos vio nacer y en la cual quisiera nacer nuevamente cuando ya no esté.
Siempre recuerdo un canto del maestro Jorge Oñate, hoy en los cielos: _»cuando el hombre vegeta no es el mismo parrandero y aunque tenga dinero las mujeres lo desprecian»_. En los tiempos de este éxito vallenato de los Hermanos López, hace más de cincuenta años, no le presté mucha atención a la letra. Hoy sí, cuando ya sabemos que no volverán los tiempos de la cometa, sino que estamos en un episodio más tranquilo de la vida, cuando el «hombre vegeta» como dice la inspiración hecha canción.
Aprovechando esta lucidez a mis 79 años, debo seguir aportando recuerdos del terruño donde nací. Mi Montería de antes, la de la chicha de tamarindo y de guayaba agria en el interior del viejo mercado público, la de la ensarta de barbulitos en la vieja albarrada de mi río Sinú y los viejos Jeep Willys que se pavoneaban como los taxis de esos tiempos, porque eran los únicos que no se atollaban en las zanjas de las calles de «Montería de los charcos».

La mente gira y se sitúa en un 20 de enero, fiesta en corralejas en Montería. Moderno, dos adolescentes montados en el palco de la esquina derecha de la corraleja, de propiedad de don Remberto Ruiz, papá de los pajaritos Ruiz de la 41 con tercera, para mejor ubicación frente a la casa de esquina de los papás de la hermosa Rubielita Bedoya, a quien don Antonio Fuentes escogió, por su belleza, como modelo de la carátula de los 14 Cañonazos de Discos Fuentes, por allá en los sesentas.


Esa tarde de toros en corraleja, Berrocal y yo presenciamos atónitos y llenos de temor y miedo la carnicería más grande que un toro negro, criollo, bajito de ancas y grandes astas, cometiera contra un intruso que sin ser torero se atrevió a irrespetar a esa fiera bovina de nombre El Barraquete. Fue algo indescriptible. El animal rabioso se cebó en las carnes del «Bigote», así le apodaban a la víctima, hasta que el beisbolista torero, el «Pingüino» Naranjo, logró tirarle su capote desteñido y así quitarle de encima al endiablado Barraquete, quien solo dejó despojos humanos.
Después de ver semejante masacre, Berrocal y yo nos retiramos atónitos y asombrados, hasta el punto de perder el apetito y no comernos el acostumbrado quibbe que vendía de palco en palco el popular Francisco, en una olla grande de aluminio. La única diferencia con los que hacían mis tías era que los de Francisco, el trigo tenía pimienta picante.
Después les cuento más episodios de la ciudad que hoy conocen ustedes, pero que nosotros conocimos primero.
Fotos Montería de los charcos y hermanos Ruiz «Los pajaritos».
Don Álvaro Díaz Arriet «El Narrador del Caribe»



