13 Sep 2026, Dom

LA FE EN LA ERA DE LAS APARIENCIAS
Del discurso a la coherencia ética

​Vivimos en una época en la que resulta fácil proyectar una imagen de rectitud moral. La asistencia constante a espacios de culto, la exhibición de símbolos religiosos o el dominio del lenguaje espiritual se utilizan con frecuencia como credenciales de buena conducta. Sin embargo, surge una interrogante ineludible: ¿qué valor real tiene una fe que no se traduce en la vida cotidiana?
​La verdadera dimensión de las creencias no se mide por la frecuencia con la que se acude a un templo, sino por la calidad de las acciones individuales. Cuando la cotidianidad está dominada por la envidia, la ambición desmedida, el libertinaje o la simple apariencia, cualquier manifestación externa de religiosidad pierde su sustancia. La fe que no transforma el carácter se reduce a un simple decorado, un disfraz para camuflar las miserias del ego.
​El peligro de la religiosidad superficial radica en su capacidad para anestesiar la conciencia. Es cómodo asumir que el cumplimiento de ciertos ritos exime del deber moral hacia el prójimo. Sin embargo, los malos sentimientos y la hipocresía dinamitan desde adentro cualquier pretensión de liderazgo espiritual o ético. La envidia destruye la comunidad, la ambición desmedida corrompe el servicio y el libertinaje de la conducta vacía de sentido todo compromiso con la verdad.
​El auténtico valor de una convicción reside en la coherencia interior. Una fe viva exige disciplina, empatía, honestidad y, sobre todo, una constante confrontación con los propios defectos. De nada sirve cargar con un libro sagrado si no se está dispuesto a encarnar sus principios en el trato con los demás. La integridad no se pregona; se demuestra en la penumbra del actuar diario, donde las apariencias caen y solo permanece la verdad de lo que somos.

MSc Gilberto Hidalgo

gilbertohidalgo2@hotmail.com

gilbertohidalgo2@gmail.com

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