27 Oct 2026, Mar

El arribo del visionario

Eran los años de 1935 cuando hacía su arribo a tierras cordobesas un joven inquieto y aventurero. Era mi progenitor, Pedro Díaz Castilla.

Después de hacer una parada amorosa en Ciénaga de Oro, dejando como siembra y cosecha a mis hermanas mayores Nacira y Elsa —ya fallecidas—, llegó a Montería.

En ese entonces Montería no era capital. Éramos todavía Departamento de Bolívar. Aún no nos habíamos segregado del Bolívar Grande. Éramos una provincia, pero rica en agricultura y ganadería. Poco expansiva, eso sí, por falta de comunicación terrestre y aérea. Solo existía la comunicación fluvial por el río Sinú con Cartagena.

Mi padre llegó, exploró y miró. Y lo que vio fue claro: esta era una región próspera e inexplotada. Había mucha plata, haciendas ganaderas, explotaciones agrícolas y mucho comercio por el río.

Me contaba mi padre que él llegó al puerto de Montería y allí, en el Malecón, analizó la posibilidad de trasladarse definitivamente desde Cartagena —su tierra natal— y montar un negocio basado en ideas que pegaran, que fueran lucrativas y rentables.

Fue así como nació la idea. Fue así como nació El Night Club Cocodrilo Bar.

Y no fue lo único. Visionario y emprendedor como era, junto a su padre —que también se llamaba Pedro— y a su hermano, montaron la primera fábrica de ají picante en la Costa. La etiqueta decía TOBASCO. Con el tiempo pasó a manos de mi tío Amín Díaz en Cartagena y hasta el día de hoy existe con el nombre de AJÍ BASCO.

Cuando yo les menciono lo de emporio, es por eso. Mi padre no montó un bar, montó un imperio de ideas.

No puedo decir que disfruté de los placeres que brindaba como centro de esparcimiento para adultos, porque yo era un pelao, pero sí puedo dar testimonio de lo que fue ese maravilloso sitio, el cual superó al mejor cabaret que había en la Pedro de Heredia de Cartagena en ese entonces: el famoso «Príncipe».

Cocodrilo Bar fue una idea de negocio para llamar la atención de nativos y visitantes, ganaderos y finqueros, quienes después de su faena de trabajo algunos se iban de parranda y tertulias entre amigos a disfrutar de las noches mágicas del Coco.

Necesariamente el sitio no era visitado en busca de sexo, también había personas que encontraban consuelo charlando en las noches con las damas de compañía de diferentes partes del país y también de algunas islas caribeñas como Curazao y del Canal de Panamá.

II. Mi primera visita a escondidas

Hablaré a partir del año 59. Yo podría tener unos 8 años cuando, escondido de mi madre y sintiéndome ya un hombrecillo, me decidí a visitar el gran emporio de mi padre en la calle 38 con carrera 10, en Montería.

Al llegar a ese entorno, temeroso de un regaño por parte de papá y mamá y pedaleando lentamente mi bicicleta, me detuve sorprendido.

Me encontré de frente con una imponente construcción. Tenía un inmenso portón de hierro, soportado con una construcción en bloques con piedras incrustadas, muy semejante a las murallas de Cartagena. Y no era coincidencia, porque su diseñador era mi padre, Don Pedro Díaz Castilla, nacido en el Corralito de Piedra.

En lo alto del inmenso portón había una figura imponente: un cocodrilo con luces de neón en movimiento, que desde lejos anunciaba a sus visitantes que ahí quedaba El Cocodrilo Bar.

Esa fue la primera vez que vi con mis propios ojos la obra de mi padre. Y entendí por qué todo Montería hablaba de ella.

III. El gran burdel con elegancia

Me cuentan viejos sobrevivientes de esas batallas bucólicas y libidinosas, alejadas un poco de la ciudad, que el Night Club Cocodrilo Bar era el gran burdel de Montería en su máxima expresión y elegancia. No todo cortesano sin dinero pisaba sus salas.

La carta exquisita y el menú ofrecido por la administración atraía los bolsillos de apellidos famosos, dueños de ese emporio que hoy llamamos Valle del Sinú.

Berrocal, Parra, Garcés, Kerguelen, Flórez, Vega, Giraldo , Pineda , Ganen y Hadadd , entre otros. Asiduos visitantes, a veces por una noche o varias, de acuerdo a la atracción y caricias de las bellas damas de la noche que hacían su paseíllo como reinas de belleza y trofeos en el mejor mostrador de la moda y el espectáculo en la Costa colombiana, de aquí a La Guajira.

El Cocodrilo importaba bellas mujeres especialmente de Cali, Medellín y Pereira. Eran jóvenes, educadas y de buen vestir. No eran extravagantes. Tan es así que varios señores de esa época hicieron del amor de una noche el amor de las mil y una noches. Varios de ellos y ellas formaron hogares en la sociedad monteriana, con hijos y nietos.

Yo me paseaba ya como un chico de 11 años cuando visitaba el Coco y ellas, solo algunas como Ivonne y Lili, me daban besitos y abrazos diciéndome: “tan bello el hijo de Don Petro”. Mucho respeto para conmigo, era un pelao sin el pleno desarrollo.

El Cocodrilo Bar tenía un salón de baile mejor que los clubes sociales de ese entonces y ahí nació la mejor orquesta de ritmos tropicales que ha tenido Montería: La Gran Sonora Cordobesa. Tocaba viernes y sábado. Recuerdo a su director Don Simón Mendoza y a sus dos cantantes estrellas, el Indio Chávez y el Negrito Pascualito. Las notas sonoras se escuchaban y retumbaban, ayudadas por la acústica en madera del bonito escenario.

Ahí escuché temas grabados por la Sonora que todavía son solicitados en sitios de diversión actuales como El Breu, Porro Viejo Playero, El Soplavientero, composición de Simón Mendoza, La Mafafa , tumba cuchara y el mejor homenaje que le han hecho a la mujer cordobesa: “Linda Cordobesa”.

Ese era, según mi visión de niño y adolescente, un cabaret con organigrama de empresa, cuyo gerente fue mi padre Don Pedro Díaz, descendiente de libanés cuyo padre fue Bader Zangari —sus nombres originales— y después se bautizó con el nombre de Pedro.

Recuerdo personajes como Don Ildo Escobar, quien fue el jefe de meseros y después, él y sus hermanos, fueron los propietarios del recordado Palmar, negocio que montaron cuando se ganaron un quinto de la Lotería de Bolívar. También a un personaje llamado “El Reloj”, quien acreditaba mercancia a las mujeres del Coco para que le pagaran por quincena. Personajes como “El Guaca”, mesero de profesión. “El Matancera”, jíbaro fino de profesión, que trajo las primeras semillas de marihuana fina de exportación de la época, como la Golden de Santa Marta y la Colombian Connection, que era oro puro. Los burros de ese entonces le decían “la samaria”.

Y no puedo olvidar al mejor cliente y asiduo visitante del Coco: el difunto Balboa, porque en el vale que le enviaban con el cobrador casi siempre iba incluida la reparación del portón de hierro en el taller del Mello Meléndez, porque cada vez que llegaba peao, abría la puerta del cabaret con la defensa de su viejo carro Willys descapotao.

El sector del Coco, de la calle 38, fue declarado zona de tolerancia con el tiempo, por acuerdo municipal. Dentro del peligro que encierran esos sitios en todos los tiempos, muy poco se escuchó decir sobre un acontecimiento de criminalidad.

Solo recuerdo uno que le causó llanto y dolor a todo el entorno cabaretero y fue cuando alguien apuñaló a un cabrón apodado el “Porroco”, a quien dieron por muerto, pero después apareció vivo en Barranquilla.

Contarles más cosas del Coco, ocurridas antes de yo vivirlas, sería invento. Pero este, para mí, fue el Cocodrilo Bar
«Cocodrilo cocodrilo el mejor cabaret de monteria donde bailan donde bailan las mujeres por la noche y por el dia baila bien Pedrito Díaz» así decía un pedacito de la canción del Indio Chávez dedicada a mi padre.

Hasta la próxima.

Álvaro Díaz Arrieta / Narrador del Caribe

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