Las expresiones de las personas
Si hay algo que caracteriza al ser humano es poder expresar, no solo sus pensamientos sino también sus sentimientos. Cuando leemos el Evangelio de Marcos 1:29-39 encontramos una variedad de expresiones de cada una de las personas que el texto va nombrando. Pero hay un hilo que inicia y termina las narraciones de estos versículos.
Cuando la suegra de Pedro se enfermó, estaba postrada con fiebre; y, aunque no era un mal leve para que estuviera en cama, debió ser una fiebre intensa, debilitante; seguramente resistente a los remedios disponibles en aquel tiempo. Pero cuando le hablan a Jesús de ella, Él se acerca, la toma de la mano y la levanta. La Escritura dice que inmediatamente la fiebre la dejó. (Marcos 1:29-31), pero lo más sorprendente ocurrió después: la mujer, ya restaurada, comenzó a servirles. La sanidad no terminó en alivio personal; se transformó en servicio espontáneo.
Sin duda, este fue un milagro; el segundo que realiza Jesús narrado en ese Evangelio de Marcos. Cuando hablamos de milagros en los evangelios, solemos fijar nuestra mirada en Jesús, el maestro y sanador. Sin embargo, ¡qué importante resulta no descuidar sus gestos y especialmente tratar de no cerrar la puerta que el mismo Jesús abrió cuando decidió que su misión era “tocar” y perder el temor de acercarse a las personas, especialmente a aquellas en las que, como la suegra de Simón Pedro, habitaba una dolencia!
El texto nos da otros datos, porque en esa ciudad había muchos enfermos y hasta posesiones demoníacas. El evangelio narra que cuando atardeció, se acercó la gente a Jesús con todos sus enfermos y endemoniados, y Jesús los sanó. Capernaúm era una sociedad enferma, y si hoy miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con situaciones similares; la mayoría de nuestros espacios sociales están enfermos y cada uno de nosotros somos parte de ellos. Enfermedades físicas, psicológicas y emocionales.

En ese entonces no había hospitales; los enfermos estaban en las casas y aunque en la actualidad sí hay hospitales y diversos centros de salud, la novedad es que siempre están llenos. En aquellos tiempos y en los actuales, la enfermedad es un síntoma del tipo de sociedades que hemos formado los seres humanos.
Hoy Jesús sigue levantando personas: levanta corazones quebrados, restaura almas cansadas y sana vidas que parecían perdidas. Pero su obra en nosotros tiene un propósito claro: que nuestras manos vuelvan a servirle.
Si el Señor ya te levantó, no olvides para qué lo hizo. La sanidad que recibiste no es el final de la historia… es el comienzo de una vida dedicada a servir a Cristo.
Dios te bendiga
Erika de Pirela
erikadpirela@gmail.com

