Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz. (Salmos 55:17)
En el libro de Eclesiastés se nos enseña que todo tiene su tiempo; hay tiempo de reír y tiempo de llorar; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado… Pero hay algo que en la Biblia se nos enseña que debemos hacer todo el tiempo: ORAR.
En el texto base de hoy, vemos cómo el salmista David dice que oraría al Señor durante todo el día, y lo hacía con la seguridad de que el Señor le oiría y respondería su clamor.
Esto no era algo exclusivo de David, ya que el apóstol Pablo nos exhorta, imperativamente en varias de sus cartas, a orar siempre.
Efesios 6:18: Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos.
1era de Tesalonicenses 5:17: Orad sin cesar.
Colosenses 4:2: Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.
Cuando no cumplimos con nuestro deber de orar en todo tiempo y ser constantes en la oración, le decimos al Señor que somos autosuficientes, que no le necesitamos, y sin duda esto es una necedad. Pero cuando oramos constantemente, estamos reconociendo nuestra dependencia absoluta del Señor y de su poder; reconocemos que sin su ayuda y dirección no somos nada, que estaríamos perdidos como un barco en alta mar, sin brújula, sin timón y sin faro.
No hay un creyente tan poderoso que pueda vivir sin orar, ni tan débil que no tenga fuerza para hacerlo. Todo creyente debe sentir la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lucas 18:1).
¡No podemos descuidar la oración!
Oremos siempre con la confianza de que Dios oirá y responderá (según su voluntad).
Pastor Miguel A. Moreno



