13 Sep 2026, Dom

CRÓNICA: Así viví aquel 11 de septiembre con los ataques a las Torres Gemelas hace 25 años

Eran poco más de las 8:00 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, apenas 3 días después de mi cumpleaños número 34.
Aquel martes comenzó con la quietud habitual de una mañana doméstica. En casa, la rutina tenía un sabor entrañable y reconfortante: el vapor de un buen café con leche recién hecho y el calor de dos arepas abiertas al medio, untadas con mantequilla y queso fundiéndose despacio. Era un desayuno disfrutado sin prisa, de esos que preparan el ánimo para enfrentar la jornada periodística que estaba por comenzar.
A las 8:35 de la mañana, tras cruzar la puerta de la redacción del Diario La Verdad, medio en el que trabajaba en ese momento; el murmullo cotidiano del periódico se vio interrumpido por un magnetismo helado. Las miradas de reporteros, editores y fotógrafos, cada uno cuando fueron llegando, estaban clavadas en los televisores encendidos. En las pantallas, una columna de humo salía de una de las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York. Las primeras informaciones, confusas y apresuradas, hablaban de un accidente: una avioneta o un avión pequeño que se había estrellado contra la estructura.
Pero la ilusión del accidente duró solo unos minutos.

Fue un atentado
Frente a los ojos incrédulos de todo el equipo, un segundo avión apareció en el encuadre, viró con precisión quirúrgica y se incrustó en la otra torre en una explosión de fuego y cristal. El impacto no solo sacudió el centro financiero de Manhattan; retumbó en cada rincón del planeta. En la redacción de La Verdad, el silencio fue sepulcral. Las proporciones en la pantalla engañaban a la distancia, pero la magnitud de la tragedia disipó cualquier duda: no eran aeronaves pequeñas. Eran enormes aviones comerciales repletos de pasajeros, convertidos en misiles.
La atmósfera en la sala de redacción se volvió densa, dominada por una expectativa sofocante. Los cables no paraban de escupir urgencias y las llamadas telefónicas se multiplicaban, pero todo parecía detenerse ante las imágenes en vivo. Llegaron las informaciones de la aeronave que se estrelló contra El Pentágono y del otro que en Pennsylvania se había precipitado. Entonces ocurrió lo impensable: primero una de las torres, y poco después la otra, las emblemáticas moles de acero y concreto, iconos de Nueva York, colapsaron sobre sí mismas en una nube colosal de polvo y escombros.

Ver desplomarse las torres en tiempo real convirtió el asombro en un dolor punzante. Detrás de las cifras y los titulares que ya comenzaban a redactarse, estaba la certeza del sufrimiento humano: miles de vidas apagándose en segundos, personas atrapadas en las alturas, familias rotas. Las lágrimas aparecieron de forma inevitable, brotando en silencio entre el teclado y la libreta de apuntes, arrastradas por la impotencia y la compasión hacia quienes morían al otro lado del continente.
Aquel mediodía, el apetito desapareció por completo. La mesa del comedor de redacción quedó vacía y el almuerzo no existió. El impacto de haber sido testigo de la historia —de esa que cambia el rumbo de la humanidad para siempre— dejó un nudo en el estómago y una huella imborrable en el corazón de quien, esa mañana, solo esperaba cubrir las noticias del día.
Así viví la experiencia de aquel 11 de septiembre de 2001.

Eliéxser Pirela Leal

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