30 Jul 2026, Jue

El Matrimonio es un Pacto

En el diseño de Dios, el matrimonio precede a la maternidad. En Génesis 2:24, antes de que existiera un hijo, ya existía un pacto: “serán una sola carne”. La familia no comenzó con niños; comenzó con una unión establecida por Dios. El matrimonio es un pacto entre un hombre, una mujer y Dios, en el que Dios actúa como garante de ese pacto. Ahora ese vínculo convierte a la pareja en uno en propósito, unidad y acción.

Cuando un hombre y una mujer se casan, típicamente hacen un intercambio de anillos, los cuales representan un símbolo de su pacto y significa que van a amar, honrar y respetar al otro todos los días de sus vidas.

Los hijos son una bendición, Sí. Pero no son el fundamento del hogar. El fundamento es el pacto matrimonial. Cuando colocamos a nuestros hijos por encima de nuestro cónyuge (emocionalmente, afectivamente, prioritariamente) no estamos siendo más amorosos, sino que estamos invirtiendo el orden creado por Dios. Y el desorden, aunque parezca tierno, sigue siendo desorden.

En Efesios 5, Pablo revela que el matrimonio refleja el misterio de Cristo y la Iglesia. No usa la relación padres-hijos como imagen principal del evangelio. Usa el matrimonio en una analogía donde el esposo representa a Cristo y la esposa representa a la Iglesia. Cuando el matrimonio se vuelve secundario, la imagen del evangelio en el hogar se distorsiona, y con nuestras acciones predicamos un falso evangelio a nuestros hijos, aunque con nuestra boca prediquemos el verdadero.

Muchas veces el argumento es: “Mis hijos me necesitan», «Mis hijos siempre serán mis hijos», «Mis hijos nunca dejarán de ser mis hijos en cambio, mi esposo sí puede dejar de ser mi esposo»… pero lo cierto es que nuestros hijos no necesitan ser el centro, ellos necesitan crecer viendo un matrimonio firme, unido, en orden y en sujeción a la cabeza que es Cristo.

Un hogar donde los hijos son el centro produce hijos inseguros y esposos pasivos en su liderazgo, en cambio un hogar con orden bíblico produce estabilidad emocional y espiritual. Esto no significa amar menos a los hijos, significa amar correctamente, recordar que los hijos NO son el pacto, que son herencia temporal, que un día se irán, sin embargo el matrimonio permanece.

Nuestro llamado no comenzó con la paternidad, comenzó con un “sí” delante de Dios y honrar ese pacto no es descuidar a nuestros hijos, es darles el mejor legado posible: un hogar que refleja el glorioso evangelio de Jesucristo y que por ende, apunta a nuestro amado y maravilloso Salvador.

Cuando el orden de Dios es respetado, hay paz porque el diseño divino es perfecto.

Dios te bendiga

erikadpirela@gmail.com

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