30 Jul 2026, Jue

¡Ven, Señor Jesús!

Erika de Pirela

«Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven» (Ap 22:17). «Maranatha» es una palabra aramea que significa «Señor, ven»; y no es solo una palabra, es el clamor de la iglesia, el anhelo de los redimidos y la oración quienes saben que este mundo no es su hogar.

Cuando la iglesia primitiva comenzó a ser perseguida, los romanos exigían que todos declararan que César era dios, pero los cristianos se negaron porque sabían que había un solo Dios y un solo Señor: Jesucristo; de manera que los romanos los miraron como traidores, los persiguieron y los mataron.

Vivir bajo esas condiciones adversas hizo que la moral de los creyentes fuera levantada por la esperanza de la venida del Señor, de manera que «¡Maranatha!» se convirtió en su saludo habitual, reemplazando el saludo hebreo shalom («paz»). Ellos sabían que no habría paz porque Jesús se los había dicho (Mt 10:34; Lc 12:51) y además sabían que el Señor regresaría para establecer Su reino. Basados en esa verdad encontraron un gran consuelo, por eso constantemente lo recordaban y se decían unos a otros que el Señor vendría.

Pero, ¿Con qué frecuencia, el cristiano de hoy, piensa verdaderamente en el regreso del Señor? Lamentablemente, gran parte de los creyentes está distraída y su prioridad está en la comodidad del mundo; tal vez la razón sea que ama demasiado al mundo. En las comodidades de la vida occidental, estamos más enfocados en mejorar nuestro nivel de vida que en anhelar el regreso del Señor Jesús.

El grito de Maranatha se ha convertido en una parte central de la iglesia perseguida y es fácil ver por qué. Los cristianos perseguidos son muy conscientes de cuán perverso es este mundo; y su esperanza, por necesidad, descansa en la venida del Señor. Maranatha es un estímulo para ellos en su sufrimiento y encuentran gran consuelo en esa esperanza y, al igual que la iglesia primitiva, también anhelan ver al Señor, experimentar su regreso.

Si hoy somos lo suficientemente afortunados de vivir en una parte del mundo donde la guerra, el hambre y la persecución no son comunes, no podemos dar por sentadas nuestras bendiciones. Tal vez esa sea la razón de nuestra comodidad y por eso abrazamos con deleite ciertos placeres que el mundo nos ofrece ignorando, muchas veces, que el Señor da y el Señor quita.

Un amor por el mundo, significa que no amamos al Señor; y si no anhelamos su regreso, entonces nuestro amor y nuestro corazón está en este mundo y no en el venidero. Atendamos a las advertencias de I Co 16:22 de escudriñar nuestros corazones para ver si realmente amamos al Señor. Y si lo hacemos, entonces proclamemos:
“¡Ven, Señor Jesús!”

Dios te bendiga

erikadpirela@gmail.com

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