9 Oct 2026, Vie

Álvaro Díaz Arrieta.- Montería

Traer a la memoria estas batallas deportivas, nacionales e internacionales, nos deja la inmensa tranquilidad de haber transitado por la vida con honestidad y dignidad. Ese es el mejor legado que podemos heredarle a nuestros hijos y familias; esa es, en definitiva, nuestra verdadera fortuna.

A veces, los empresarios del cuadrilátero se ven en serios apuros financieros para montar una velada boxística. Momentos críticos en los que no queda más remedio que apelar al ingenio, la astucia y la pura picaresca.

Les voy a contar una anécdota inolvidable acontecida en el seno de Gato Publicidad.

En cierta ocasión, al promotor le rebotaron varios cheques de su cuenta corriente . La caja quedó completamente descuadrada y la liquidez para la función programada se esfumó.

Entre tanto, en Cartagena, «Nelaqui» acumulaba ya una semana de impaciente espera en su oficina del restaurante de autoservicio La Torre, en compañía de Rafa Bolaños y el «Gordo» Simanca. Si no se enviaba el dinero a tiempo, el espectáculo entero corría el riesgo de cancelarse.

Desesperado, Torres me miró y me preguntó:

— Compadre, ¿qué hacemos?

— Espere un momento — le respondí —, que ya se me ocurre algo.

Al rato regresé con una propuesta insólita:

— Empresario no hay de otra: tenemos que ponerte preso.

— ¿Preso? — me contestó, entre perplejo y aterrorizado.

Resulta que este contaba entre sus afectos con una admiradora, mujer de holgada posición económica. Estábamos seguros de que, tan pronto supiera que su admirado promotor estaba tras las rejas, correría a meterse la mano al bolsillo para salir a responder por él.

Sin perder tiempo, el conductor embarcó a Torres en su fiel Dodge Alpine y puso rumbo a la cárcel municipal, ubicada en la que hoy es la calle 41 de Montería. Allí se lo entregó a la guardiana de turno, doña Elena Ruiz de Zapateiro — esposa del conocido locutor Bob Nel Zapateiro —, a quien le dijo con total naturalidad: «Doña Elena, préstale una sillita a este amigo mientras hago una diligencia».

Torres llevaba instrucciones precisas: cuando viera pasar a la dama, debía asomarse de inmediato a los barrotes de la reja para que ella comprobara con sus propios ojos la trágica escena de su detención.

Y la estrategia funcionó al pie de la letra: cuando el conductor pasó por el lugar acompañado de la dama y la mujer vio a Torres tras los barrotes, sufrió un desmayo de la pura impresión y, al reincorporarse, preguntó angustiada cuánto dinero se necesitaba. Corrió de inmediato al banco, retiró la suma y logró que el empresario saliera de prisión — a la que jamás había ingresado legalmente — con los bolsillos llenos y los fondos suficientes para realizar la velada de boxeo.

Así es el fascinante universo de las narices chatas: a veces hay que recurrir a jugadas inverosímiles para no defraudar a los seguidores. Este episodio bien podría servir para un guion cinematográfico o una comedia romántica al estilo de Romeo y Julieta, con la pequeña gran diferencia de que, mientras Romeo se tomó el veneno, El promotor prefirió meterse él mismo a la celda.

(Continuará…)

Narrador del Caribe

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