LA NOCHE NO ES TIERRA DE NADIE
El derecho al descanso frente al exceso urbano
Hay un punto en la madrugada donde la libertad de unos se convierte en la condena de otros: cuando las aceras dejan de ser vías de tránsito y las esquinas del barrio se transforman, por la vía del hecho, en un botiquín a cielo abierto.
Comercios operando fuera de horario, música atronadora y aceras convertidas en barras improvisadas se han vuelto cotidianos ante la complacencia de las autoridades. No es un debate moralista ni una postura enemiga del entretenimiento; es la defensa elemental de la comunidad a la paz, la seguridad y el descanso.
La arquitectura legal no es caprichosa. La ley orgánica fijó un horario tope para el expendio de licores —habitualmente hasta las 3:00 a.m.— porque la evidencia demuestra que, pasada esa frontera, la violencia y los siniestros viales se disparan.
A la par, las ordenanzas de convivencia prohiben el consumo en la vía pública. El espacio urbano es de todos; tolerar su degradación invalida el pacto social más básico: el respeto al vecino. A esta ecuación se suma la ley de tránsito, que no ofrece sugerencias, sino reglas de vida o muerte: quien conduce ebrio porta un arma sobre ruedas.
Quienes piden flexibilización invocan el «libre comercio». Sin embargo, ninguna actividad económica puede edificarse sobre el deterioro de la calidad de vida colectiva. La libertad de empresa concluye donde inicia el derecho ajeno al descanso y a la salud pública.
Una ciudad civilizada no anula su vida nocturna, pero tampoco se convierte en tierra de nadie al caer el sol. La fiscalización no es represión: es la única garantía de orden. Las autoridades deben entender que tolerar el descontrol no es apertura, es negligencia. Las ciudades necesitan esparcimiento, pero sobre todo exigen seguridad y paz.
«Respetar la ley en la noche es proteger la vida de día.»
MSs Gilberto Hidalgo



