LA PARADOJA DE LA CUCARACHA
Cuando el resentimiento nos destruye a todos
Existe una fábula amarga sobre una cucaracha que, impulsada por un odio visceral hacia la hormiga, decidió apoyar el uso de veneno en la casa. Su único objetivo era ver exterminada a su rival, ignorando una verdad irrefutable: la sustancia letal no discrimina. Al final, ambas sucumbieron en el mismo rincón.
Esta alegoría refleja con escalofriante precisión la conducta humana contemporánea. En la política, la religión, la economía e incluso en las relaciones personales, el encono ha sustituido a la razón. Cegados por la envidia o el rencor, los individuos y las sociedades prefieren la ruina compartida antes que el bienestar del adversario.

En el ámbito político, este fenómeno se manifiesta en el auge del extremismo y el voto por despecho. Con frecuencia, los ciudadanos eligen opciones autoritarias o políticas suicidas no porque crean en sus beneficios, sino porque prometen castigar al grupo rival. Es la lógica del castigo kamikaze: estar dispuesto a arruinar el propio futuro con tal de asegurar la desgracia ajena.
A nivel micro ocurre exactamente lo mismo. En el entorno laboral, familiar o social, la envidia nos lleva a dinamitar proyectos o fracturar convivencias solo para evitar que el prójimo prospere. Olvidamos que compartimos la misma casa y el mismo ecosistema. La destrucción del otro rara vez deja intacto al agresor.
Es urgente desactivar esta ceguera colectiva. El odio no es una herramienta de victoria, sino un veneno que consume primero a quien lo alberga. Entender que nuestro destino está inevitablemente ligado al de nuestro prójimo no es una postura moralista, sino un ejercicio elemental de supervivencia. Antes de pedir veneno para el vecino, convendría recordar que vivimos bajo el mismo techo.
«Cualquier parecido con la realidad, es solo coincidencia»
MSc Gilberto Hidalgo



