17 Sep 2026, Jue

Les comparto esta crónica y entrevista que le hice hace algún tiempo pasado a uno de los iconos o símbolos del boxeo Colombiano quien, gracias a Dios, aún vive forjando de grandes figuras mundiales del boxeo de este país.

PEDRO VANEGAS, UN GRANDE DEL BOXEO

El hombre que convirtió los golpes en una forma de vida. A Pedro Vanegas el tiempo parece no haberle quitado nada.

Cuando habla de boxeo, sus ojos recuperan el brillo de los años en que se calzaba los guantes, subía al cuadrilátero y enfrentaba a hombres que, como él, habían escogido el camino difícil de los golpes. Habla y sonríe. Recuerda nombres, lugares, peleas, victorias y derrotas con una memoria que parece negarse a envejecer.

A sus 85 años, Pedro Vanegas sigue ligado al boxeo. Ya no es él quien sube al ring. Ahora permanece en la esquina, donde durante décadas ha enseñado a varias generaciones de pugilistas a defenderse, a atacar y, sobre todo, a resistir.

Montería es su casa desde hace más de medio siglo. Aquí llegó un 15 de agosto de 1970 y aquí echó raíces. Aquí formó familia, levantó campeones y convirtió su vida en una historia inseparable de los guantes, los sacos, el sudor y los cuadriláteros.

Pero esta historia comenzó mucho antes: Comenzó en María La Baja, Bolívar, donde nació el 18 de enero de 1941. En aquella tierra de profunda herencia africana, cercana a la tradición de San Basilio de Palenque, nació el hombre que años después terminaría convirtiéndose en uno de los grandes referentes del boxeo en Córdoba.

Antes de enseñar a pegar, Pedro tuvo que aprender a recibir golpes.

EL PRIMER COMBATE

—¿Cómo se inició en el boxeo?

Pedro sonríe. La respuesta parece llevarlo de inmediato a Cartagena, a 1959, cuando apenas comenzaba a descubrir que aquel deporte podía convertirse en su destino.

“Me inicié en el boxeo en el año 1959, en Cartagena, con Joaquín Marimón, uno de esos boxeadores a los que uno no quisiera enfrentarse. Yo le temía porque era de mayor experiencia. Yo andaba con Bernardo Caraballo y Humberto Caraballo, y ellos me dijeron que, si me tocaba enfrentar a Marimón, lo hiciera.

Se presentó la oportunidad de pelear con él porque no llegó el rival de Marimón y yo lo reemplacé. Peleamos y le gané”. Así comenzó todo.

No hubo un largo proceso de preparación ni una planificación perfecta. Hubo una oportunidad y Pedro decidió aceptarla. El muchacho que tenía miedo terminó venciendo al hombre que le inspiraba respeto.

A veces una vida entera comienza con una pelea.

EL BOXEADOR QUE REPRESENTÓ A COLOMBIA

Vanegas no tardó en demostrar que lo suyo iba en serio. El boxeo amateur lo llevó a competir por Colombia. Tres veces fue campeón nacional y también consiguió el título bolivariano.

Pero hay una medalla que recuerda de manera especial. «En ese tiempo yo vine a Montería. Aquí se hizo un campeonato nacional para escoger el equipo que iba a representar a Colombia en los Juegos Bolivarianos de Barranquilla. Entonces, aquí en Montería se escogió la selección.

Yo quedé campeón y representé a Colombia, ganando la primera medalla de oro en boxeo para Colombia”.

La historia tiene algo de paradoja: Montería, ciudad que años después se convertiría en su hogar definitivo, también fue escenario de uno de los momentos más importantes de su carrera como boxeador.

DEL AMATEURISMO AL PROFESIONALISMO

El salto al profesionalismo también ocurrió en Montería. Su primer rival fue un boxeador cordobés de apellido Pastrana, quien además era policía en Cartagena. “Yo también di el salto al profesionalismo aquí en Montería. Me enfrenté a un boxeador cordobés de apellido Pastrana, que era policía en Cartagena. La pelea la realicé en Montería porque en Cartagena la Federación no me dejaba pelear, porque me tenían para disputar un cinturón de diamantes”.

Pedro combatía en la categoría mediano ligero, con 71 kilogramos. Pero detrás de aquella pelea había nombres, decisiones y circunstancias que él recuerda con precisión.

Cuando se le pregunta quién lo llevó a Montería, responde: “A Julio Carvajal Salamanca, quien era mi entrenador y apoderado”.

Y entonces aparece otra parte de aquella historia. «En ese tiempo», cuenta Pedro, «quienes estaban vinculados al boxeo en Montería eran Filemón Cañate Vernet y su padre, don Pedro Díaz Castilla. Sin embargo, aquella pelea terminó siendo organizada por una mujer que llegó desde Cartagena.

“Entonces, de Cartagena vino la empresaria María Figueroa, de profesión enfermera, quien montó la pelea”.

CUARENTA Y SIETE PELEAS Y UNA HISTORIA DE GOLPES

Pedro calcula que disputó entre 47 y 48 combates como profesional. Los números pueden bailar después de tantos años, pero algunos nombres permanecen intactos.

Elías “Dinamita” Lían, Kid Peche, Víctor Hugo Palacios, de Santa Marta, y varios rivales extranjeros forman parte de aquella memoria. También recuerda a los panameños, venezolanos, estadounidenses y cubanos que encontró en el camino.

“Yo peleé en Cartagena con Tito Despaine, de Panamá; Enrique Dinatali y con muchos boxeadores de afuera, norteamericanos. También con Willy ‘Huracán’ Lobo. Peleé con venezolanos. Cuando peleé con Pedro Miranda, ya yo había peleado aquí con un cubano, Mario Coll, a quien le gané por nocaut”.

Pero si hay un nombre que aparece con particular insistencia en la memoria de Vanegas es el de Pedro Miranda. Con él perdió dos veces. Y esas derrotas dejaron una historia que todavía hoy provoca una sonrisa en el viejo entrenador.

—Las peleas con Pedro Miranda siempre fueron muy comentadas. Nunca pudo ganarle. ¿Qué pasaba?

Pedro no busca excusas. “Pedro Miranda era mejor boxeador que yo. Tenía más fuerza y sabía más. Era ranqueado. Yo le podía ganar cuatro rounds, pero él me ganaba el resto por su fortaleza”.

Hace una pausa.

Y entonces llega la frase que parece resumir toda aquella rivalidad: “Pero fíjese: yo le ganaba a los boxeadores que le ganaban a Pedro Miranda”. En el boxeo también existen esas pequeñas contradicciones que alimentan las leyendas.

EL VIAJE QUE NO FUE

Después de una de aquellas peleas con Miranda, ambos viajaron juntos a las Antillas. Miranda enfrentó a un boxeador de apellido Fenton. Pedro se midió con Jack Johnson. Después viajaron a Puerto Rico. El plan era continuar las peleas y posteriormente llegar a Estados Unidos.

Pero el destino volvió a poner una bifurcación en el camino. El empresario era Joan Estefani, un hombre de Curazao.

Pedro decidió no continuar. “Yo no quise viajar. Me regresé de Puerto Rico y Miranda se fue con Estefani”. Durante años, algunas personas llegaron a hablar de un supuesto arreglo en los combates contra Miranda.

Pedro se ríe cuando lo recuerda. “La gente, en los combates con Miranda, decía que había arreglo o tongo. Pero qué va: él siempre fue mejor que yo”. La sinceridad de la respuesta dice mucho del hombre.

DE LOS GUANTES A LA ESQUINA

En algún momento, toda carrera deportiva llega a su última pelea. La de Pedro Vanegas terminó, pero su relación con el boxeo apenas comenzaba a cambiar de forma.

Antes de instalarse definitivamente en Montería, había pasado por Sincelejo en 1967, donde entrenó algunos boxeadores. Después llegaron a buscarlo desde Montería. “De Montería viajaron el director de Coldeportes de ese entonces, Yesid Torres Pérez, el señor Félix González y el Tico Correa, y ellos me trajeron para Montería. Eso fue un 15 de agosto del año 1970 y aquí me quedé hasta ahora”.

Desde entonces, su esquina se convirtió en su segundo hogar.

SIETE BOXEADORES, SIETE MEDALLAS

Los primeros resultados importantes como entrenador no tardaron demasiado. Para los Novenos Juegos Atléticos Nacionales de Ibagué no tuvieron la actuación esperada.

Pero dos años después, en Pereira, la historia fue diferente. “Para los Juegos Nacionales de Pereira, en 1974, llevamos siete boxeadores y ganamos siete medallas”. Siete boxeadores y siete medallas.

Aquella generación estaba integrada, entre otros, por Jun González, Bernardino Rubio, Luis Rivera, Nicanor Camacho y Luis Tapias. Pedro los recuerda como una selección muy buena. Después vendrían muchos más nombres: Amancio Castro, Felipe Julio, Robinson Pitalúa y el inolvidable “Happy” Lora.

Cada generación dejó su propia huella. Y Pedro estuvo allí, en la esquina.

LOS QUE MÁS LO MARCARON

—De todos estos boxeadores, ¿cuál fue el que más lo impresionó?

Pedro vuelve a viajar por el tiempo. Primero habla de Bernardino Rubio. “Fue un excelente boxeador. Era muy difícil ganarle”.

Después aparece Nicanor Camacho. “A pesar de ser de estatura baja, fue campeón centroamericano y del Caribe”.

Y luego vienen “Happy” Lora, Luis Tapias y Robinson Pitalúa. Son nombres que para muchos pertenecen a estadísticas, fotografías amarillentas o recuerdos de viejas veladas. Para Pedro son mucho más que eso. Son muchachos a los que vio crecer.

Boxeadores a los que enseñó. Historias que también forman parte de su propia historia.

¿POR QUÉ SE ALEJÓ LA GENTE DEL BOXEO?

Pedro tiene una explicación para el declive del boxeo profesional. “La técnica ha fallado mucho. Hay televisión internacional, se ven muchas peleas por el cable, por internet. Por eso la gente no acude al boxeo”.

Pero inmediatamente matiza. Porque si algo caracteriza a Pedro Vanegas es su capacidad para mirar el lado positivo. “Sin embargo, ahora hay más campeones mundiales: ‘Canchila’, ‘Mausa’, ‘El Mello’ Urango. Nadie pensó que Córdoba, en estas épocas, diera tantos campeones mundiales.

Hasta mujeres. Es el caso de la reciente campeona, Lely Flórez”. Y cuando pronuncia ese nombre, el pasado vuelve a encontrarse con el presente. Pedro continúa entrenando.

UNA HISTORIA DE COREA

Toda vida larga tiene anécdotas que parecen sacadas de una película. Pedro recuerda una ocurrida en Corea. “Estaba programado Alberto Castro, de Colombia, para pelear por el título con un coreano, pero Castro no fue a Corea, sino un boxeador de apellido Caraballo y lo suplantó.

Casi le gana al coreano. Los chinos se dieron cuenta y metieron preso a Amancio Castro, quien era el acompañante de Caraballo, por el solo hecho de ser Castro. Casi decapitan a Amancio”.

Pedro cuenta la historia con la naturalidad de quien ha vivido tantas cosas que algunas, por increíbles que parezcan, terminaron convirtiéndose simplemente en recuerdos.

EL HOMBRE DE LA SONRISA

Pedro Vanegas es de esas personas que uno difícilmente ve de mal humor. Con sus amigos mantiene una sonrisa permanente.

Solo hay un lugar donde su rostro cambia: la esquina de entrenamiento. Allí aparece el ceño fruncido.

Allí ya no está el hombre que conversa tranquilamente sobre sus recuerdos. Está el entrenador. El que exige. El que corrige. El que sabe que un segundo de distracción puede costar una pelea.

Fuera del gimnasio, sin embargo, Pedro parece llevar consigo una especie de felicidad tranquila. Tal vez sea la satisfacción de haber vivido haciendo lo que ama. Tal vez sean los recuerdos. Tal vez sean sus hijos, sus nietos o los cientos de boxeadores que alguna vez pasaron por sus manos. O tal vez simplemente sea Pedro.

TODAVÍA NO HA LLEGADO EL MOMENTO

Estamos llegando al final del encuentro. El café se ha terminado. La conversación también comienza a bajar el ritmo. Entonces llega una última pregunta.

—Pedro, ¿usted se siente realizado con lo que ha hecho y satisfecho con lo que la vida le ha dado?

Pedro responde con cariño. Me dice “No, Alvarín”, refiriéndose a mí. Y después deja una frase que parece contener toda su filosofía de vida: “Yo creo que todavía tengo mucho que aportar. Usted sabe que todos nos debemos a un tiempo y todavía ese no ha llegado”.

Quizás ahí esté la verdadera dimensión de Pedro Vanegas. No en las 47 o 48 peleas profesionales. No solamente en sus títulos como boxeador amateur. No únicamente en los campeones que ayudó a formar.

Está en esa convicción de que todavía queda algo por hacer. Porque Pedro no parece estar despidiéndose del boxeo. Todavía sigue en la esquina. Todavía observa. Todavía corrige. Todavía enseña. Todavía tiene algo que aportar.

Nos despedimos.

Pedro regresa a su casa, al barrio La Pradera, donde lo esperan sus nietos, después de una ardua jornada de entrenamiento con la campeona mundial Lely Flórez, en el coliseo Miguel “Happy” Lora.

Afuera queda Montería. Adentro queda una vida entera dedicada al boxeo. Y mientras haya un muchacho poniéndose los guantes y alguien en la esquina diciéndole que levante la guardia, quizás Pedro Vanegas siga teniendo razón: Su tiempo todavía no ha llegado.

Álvaro Díaz Arrieta, «El Narrador del Caribe»

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