13 Sep 2026, Dom

La verdad es que al culminar la novela póstuma de Gabriel García Márquez tuve la misma sensación de cuando terminé de leer el Diario (1951-1957) de Alejo Carpentier, publicado muchos años después de su fallecimiento. Es una historia curiosa lo que ocurrió con el hallazgo de su manuscrito personal, porque su viuda, Lilia Esteban Hierro, al encontrarlo y leerlo bajo el aliento de la sorpresa, prefirió que aquellas confesiones tan íntimas —como es de suponer lo que contiene un diario— se publicaran luego de su propia muerte, y así lo dejó expresamente establecido en una carta fechada en abril de 1988. De modo que el Diario se publicó en 2013 en La Habana, cinco años después de su deceso, bajo el sello editorial de Letras Cubanas, una vez que la Fundación Alejo Carpentier lo autorizara en conformidad con la decisión rubricada por la viuda del autor.

Supongo que siempre existirá esa polémica sobre el legado de las personas que han tenido una vida fulgurante, incluso cuando ellos mismos manifestaron su disposición expresa de que no se publicaran o no se hicieran del conocimiento de terceros, de modo masivo, algunos de los aspectos que rodearon sus vidas o cierta producción artística, a veces conservando en la más profunda reserva personal las razones de tal decisión. En ciertos casos, desobedecerlos permitió que la humanidad tuviera acceso a verdaderas obras maestras, como ocurrió con la labor narrativa de Franz Kafka, desoído por Max Brod, su entrañable amigo, a quien le pidió que quemara sus manuscritos al marcharse de este mundo. Asimismo sucedió con Vladimir Nabokov con su obra Laura, cuyo manuscrito original debía destruirse a su muerte, según claras instrucciones a su esposa. Sin embargo, ella no lo hizo, lo conservó por décadas, uno piensa que tal vez presa del dilema entre darlo a conocer o respetar al escritor. A su fallecimiento, el hijo, mucho después, en 2009, decidió publicar la novela. Casos afortunados para el arte dado el natural agrado de los lectores.

No obstante, así como han existido muchos casos parecidos a estos, también ha habido otros en donde revelar lo que al amparo de la reserva personal se mantuvo hasta la muerte de sus autores ha terminado por generar espinosas controversias con dimes y diretes de toda índole. La razón es que al desvelar aspectos de la vida íntima que han debido mantenerse bajo el único resguardo de la privacidad, como en su momento dispusieron, coloca en el tapete asuntos que nunca se habrían imaginado; y ese es el caso de Alejo Carpentier. Ese diario que llevaba en su personal resguardo nunca fue mencionado por él ni fue encontrado entre sus manuscritos literarios; por ello, su hallazgo representó una mayúscula sorpresa para su viuda. Cuando se publicó, quienes hemos tenido la ocasión de leerlo con detenimiento percibimos, en algunos de los comentarios de su registro cotidiano, una desafortunada mención a personajes de su tiempo. Esto retrata, por otra parte, a un personaje con una desconocida carga de amargura en su personalidad, que mejor habría sido dejar en el desván de lo desconocido

Pues bien, con respecto a la novela que motiva este texto, En agosto nos vemos, se sabe que, según el propio Gabriel García Márquez, esta no reunía los méritos suficientes para publicarse, por lo que no realizó ninguna gestión con ese propósito. Fueron sus hijos, con el auspicio de la editorial Penguin Random House, quienes en marzo de 2024 —al cumplirse diez años de su fallecimiento— contraviniendo la voluntad del Nobel de Literatura, decidieron lanzar la novedad literaria. De ahí en parte la polémica que ha rodeado a la obra, porque ese hecho, se quiera o no, guarda relación directa con la valoración sobre la calidad del texto.

Entonces, para no sucumbir ante ambas decepciones como si fuesen exactamente equivalentes, es necesario deslindar sus fronteras. De ahí que proceda a formularme las siguientes interrogantes: ¿era una obra ya concluida y no un borrador con mucho por pulir guardado en sus archivos? ¿Debemos los lectores y, en especial, los críticos literarios juzgar el texto bajo los exigentes estándares del canon de García Márquez, o recibirlo con la indulgencia de quien asiste al último y frágil destello de su magia literaria? ¿Suma realmente esta novela póstuma un valor significativo a su legado literario o termina siendo un eco inacabado que vulnera su memoria creativa? Me cuesta despacharlas con una respuesta simple o ligera. Es la verdad.

Recuerdo con precisión la fecha en que se lanzó la novela, porque durante esa misma semana en que se anunció en Barcelona, España, en el otro extremo del Atlántico — bajo el anticipo de una impaciente e inusual temporada de lluvias que solía iniciar bien entrado mayo— yo realizaba una de las primeras presentaciones de mi última novela, Un sujeto llamado Santiago. La cita en la librería estuvo animada por el suceso que concitaba el lanzamiento póstumo de Gabo; el librero me comentó que, al conocerse la noticia, varios fieles seguidores de la narrativa del celebrado escritor se acercaron de inmediato a procurar la novedad que ya era un hecho noticioso en el circuito editorial y más allá de este.

Era evidente que aquella póstuma revelación sería todo un éxito, como, en efecto, meses después pude comprobar en otra ciudad, cuando un colega del primer librero me comentó que tuvo que solicitar en muy poco tiempo nuevos envíos de la obra porque el primer lote se agotó rápidamente. Este comportamiento del mercado se manifiesta bajo el mismo patrón cuando las redes sociales y portales noticiosos revientan una primicia como un producto de consumo masivo. Un hecho parecido me relató, entre octubre y noviembre de ese mismo año, otro vendedor en la penúltima ciudad donde estuve, cuando se supo quién era la ganadora del Nobel de Literatura, que en este caso fue la surcoreana Han Kang. Para aquel momento nadie conocía La vegetariana, la obra icónica de la escritora ganadora, pero mi librero amigo tuvo que reponer en cuestión de días, y en un par de ocasiones, el inventario de la novela y otros de sus libros… ¡el mercado y sus leyes, mis amigos!

En agosto nos vemos es una novela breve, básica y de lectura rápida. A partir de su primer capítulo —cuya identificación numérica estimamos es obra de la editorial dada su concisión—, presenta un vuelco en el ritmo narrativo en el desarrollo subsiguiente, cuando el texto deviene en un coqueteo doméstico cercano a una literatura abiertamente erótica. Esta trama se plasma de forma tan natural y espontánea que, por momentos, recuerda a las historias de aventuras donde se cuentan las veleidades sexuales de los protagonistas. Esto es un hallazgo fundamental porque, además del sostenido hilo temático que indaga sobre las apetencias carnales de la protagonista, es —creo— la primera vez que García Márquez escoge a una mujer como el sujeto principal de una historia de esa naturaleza.

Así que quien busque en En agosto nos vemos los destellos de otros textos breves del autor, como El coronel no tiene quien le escriba o Crónica de una muerte anunciada, se sorprenderá con el último aliento del escritor. Pues nos encontramos ante un García Márquez terrenal, directo, despojado de hipérboles ficcionales de alto vuelo y con una trama desplegada en episodios que a veces hace dudar sobre su autoría.

En cierto modo pensamos que esa narrativa de la madurez, del tiempo que se agota, está más bien cercana a la atmósfera de Memoria de mis putas tristes. Con intentos fallidos para remontar ingeniosamente sobre lo fantástico, para terminar en una redacción que linda de pronto con el registro de las andanzas subterráneas de una vida privada. Su aliento no es una ficción excepcional, sino un ritual sexual anual, de cada agosto, directo y casi metódico, que intenta coronar con un acercamiento al mágico encanto de sus ficciones que tanto admiramos en él. Esto ocurre cuando Ana Magdalena Bach desentierra los huesos de su madre de la fosa del cementerio de la isla, los mete en un saco de lona y se los lleva consigo en el transbordador para sepultarla en el patio de su propia casa, bajo un árbol: una caída en barrena de la narrativa que ya no encaja con el crudo realismo anterior, ese que venía desarrollándose con recursos como el empleo del billete de veinte dólares funcionando como una metáfora de la desilusión y la traición.

Por cierto, el fragmento de desenterrar los huesos y meterlos en un saco para mudarlos no es nuevo en su cosmos literario. Es, si se quiere, exactamente la misma lógica narrativa que aplica en otro contexto, en este caso con Rebeca cuando llega a Macondo cargando el saco de lona con los huesos de sus padres…

Por Edinson Martínez

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