13 Sep 2026, Dom

LA TRAGEDIA COMO BOTÍN

​El guion se repite con una precisión desoladora. Ocurre un suceso nefasto —un accidente masivo, un acto de violencia o un desastre impredecible— e, instantes después, antes de que los cuerpos sean socorridos o las familias puedan asimilar el golpe, irrumpe la maquinaria del oportunismo. El hecho, en toda su magnitud humana, deja de importar. Lo que cuenta es quién puede adueñarse de la narrativa, a quién se le puede endilgar la culpa y cómo transformar el sufrimiento ajeno en insumo para la confrontación.
​Esta conducta de «ponerle color político» o carga ideológica a las tragedias no es un fenómeno aislado ni casual. Responde a una dinámica arraigada en sociedades donde la polarización ha desplazado a la cordura, alimentada por la política partidista extrema, los dogmatismos insostenibles y un odio inoculado que termina por anular el juicio crítico.
​Ante un evento impactante, la mente dogmática no busca comprender las causas reales ni solidarizarse con quien sufre; busca validar su propio prejuicio. La desgracia se convierte, de inmediato, en la «prueba» que confirma que el adversario es perverso, inoperante o moralmente inferior. Para que esto ocurra, es indispensable un proceso previo de deshumanización: la víctima deja de ser una persona con historia, afectos y dignidad, para convertirse en simple munición dentro de la tribuna pública.
​Lo más alarmante de este comportamiento es su grado de automatismo e inconsciencia. Muchos de quienes replican y amplifican este espectáculo no actúan tras una reflexión meditada, sino bajo la inercia de un «piloto automático» condicionado por el sesgo. Es la respuesta visceral de quien ha sustituido el pensamiento propio por consignas prefabricadas.
​Las consecuencias de esta degradación son profundas. En primer lugar, se revictimiza a los dolientes, exponiendo su duelo al manoseo de la disputa política. En segundo lugar, se clausura la posibilidad de un análisis serio: cuando la causa de un problema se reduce a una pancarta ideológica, se bloquea la rendición de cuentas real y el aprendizaje institucional necesario para evitar que la historia se repita.
​Superar esta diatriba no exige renunciar a las convicciones ni silenciar el debate, sino restablecer un mínimo jerárquico de decencia: el dolor humano debe ser un terreno innegociable. Frente a la emergencia de una tragedia, la primera respuesta no puede ser la ventaja ni el cálculo, sino la empatía y el respeto. Rescatar esa capacidad de pausa e introspección es, en última instancia, el único camino para no terminar perdiendo la condición humana en el camino.

MSc. Gilberto Hidalgo


gilbertohidalgo2@hotmail.com

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