MARACAIBO
El derecho al orden y la urgencia de avanzar
Toda metrópolis vive en constante tensión entre la libertad individual y la convivencia colectiva. Tras años de abandono en avenidas, drenajes colapsados e informalidad desbordada, Maracaibo aprendió a sobrevivir en la anomia. Cuando la basura y el caos se vuelven cotidianos, la ciudadanía busca resolver sus urgencias al margen de las reglas. Sin embargo, lo que nace como supervivencia termina destruyendo la calidad de vida de todos.
Hoy la ciudad enfrenta una transición decisiva. Recuperar espacios, regular el tránsito, diseñar, construir y proteger los pasos peatonales emblemáticos —como el sector del Bazar y Cima— no son medidas caprichosas; son requisitos indispensables para garantizar la seguridad vial y devolverle la dignidad al transeúnte.
Es comprensible que la vuelta a la norma genere escepticismo o resistencia. Años de desconfianza institucional facilitan el rechazo hacia cualquier control. Sin embargo, reducir la función del ordenamiento urbano a meros prejuicios debilita la posibilidad real de transformación. La norma no existe para castigar, sino para organizar el espacio que compartimos.
Las grandes metrópolis del mundo no se construyeron sobre el laissez-faire, sino sobre un pacto claro de corresponsabilidad. La autoridad tiene la obligación de actuar con impecable transparencia y eficiencia; los ciudadanos, la responsabilidad de cuidar, respetar el libre tránsito y acatar las reglas de juego.
Maracaibo merece trascender la cultura del desorden. Construir la ciudad que soñamos exige superar la confrontación y entender que la disciplina urbana es, en el fondo, la forma más alta de respeto hacia nuestra comunidad y el motor definitivo de nuestro desarrollo.
Por: MSc Gilberto Hidalgo
gilbertohidalgo2@hotmail.com
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